Chorus line: una verdadera fiesta del musical, en el Maipo

 

Un grupo de bailarines se somete a unas audiciones y rápidamente se comprende la situación. Están en los prolegómenos de la selección final. Los números no sucesivos señalan que han quedado muchos en el camino. El objetivo final es obtener un lugar en el coro o ensamble, como le dicen ahora. Es decir, el grupo de bailarines que acompaña al elenco protagónico en una comedia musical.

Chorus line se construye en el pasaje del número al nombre. De la anomia a la historia personal, única e irrepetible.

Dos elementos combinados devienen en instancias fuertemente significantes: el espejo y la línea blanca en el piso, la multiplicación y el límite. El clásico musical oscila todo el tiempo entre dos extremos y en esa oscilación construye su sistema. Cada uno debe lucirse por separado para convertirse en una parte del conjunto. Uno a uno debe responder a una presentación individual que excede el modo en el que bailan. En un tiempo acotado demuestran sus rasgos diferenciales. ¿Cómo aparecer uno y hacer desaparecer al resto de manera provisoria? En general a través de dos recursos, uno casi metafórico el paso adelante con respecto a la línea y otro del orden del lenguaje, la iluminación. Aunque hay dos personajes que no responden a este régimen y eso les da otro lugar de protagonismo.

El coreógrafo, el de ficción y el real, Gustavo Wons, organiza, marca y acompaña con precisión y belleza. El que elige -acá en la piel del talentosísimo Martín Ruiz- ocupa el espacio físico del espectador; adquiere su perspectiva. El público comparte ese rol aunque no tenga voz ni voto. Con él observa a los soberbios, a los tímidos, a los que se llevan el mundo por delante, a los que son llevados por el mundo. Casi todos aman bailar. Y luego se ponen en juego el resto de las razones, aquello que inclina la balanza, la necesidad de trabajo, dejar a la frustración dos pasos más atrás, demostrarse algo a sí mismo, cada uno con su propia historia.

Chorus line se desplaza entre la prueba y el logro, lo individual y lo colectivo, la falla y el acierto, el deseo y su cumplimiento o no. Ahora bien para que esto funcione es necesario un mecanismo aceitado que no sea percibido como tal: que alguien se equivoque y gire antes o después, se le caiga un sombrero, que dé un paso más tarde. Es la dirección de Ricky Pashkus la que sostiene todo el sistema para que funcione a la perfección. Y aunque se prueban ficcionalmente en el baile, conmueven profundamente a través de la actuación. Complejo desafío actoral porque les toca hacerlo de manera despojada, casi sin marco, algo que también tematiza el musical: no es fácil hablar de uno, de su pasado, ¿qué es presentarse sin actuar? ¿o cómo actuar sin que parezca que lo hacen?

Laura Conforte sostiene a su personaje con una firmeza y una ternura increíble y se la ve brillar en toda su labor. Marcelo Cuervo, que diseña la iluminación, toma una decisión significativa cuando pone las luces en la sala para que se reflejen en el espejo porque lo que construye es un espacio entramado en su totalidad.

Todos están muy bien pero, además de los ya mencionados, se destacan Mariú Fernández, Nicolas Di Pace, Sofía Pachano y Menelik Cambiaso; en ocasiones, los roles colaboran y en otras ellos mismos les sacaron todo el jugo posible a los roles que les tocó interpretar. Y gracias al cuidadoso trabajo de Marcelo Kotliar, solo los nombres extranjeros nos alejan de nuestra lengua nativa.

Llega el momento de la decisión y algunos se quedan y otros se van. Pero cuando viene el cierre del espectáculo, absolutamente todos brillan por igual magníficamente iluminados, bailando al unísono, con una orquesta pequeña en número que, sin embargo, suena inmensa. Una verdadera fiesta del musical en Buenos Aires. Mónica Berman